martes, 21 de octubre de 2008

JORGELINA AQUILINA ÁVALOS



Jorgelina Aquilina Ávalos nació en Roque González de Santa Cruz. Departamento Carapeguá – Tavapy –Paraguay.
Hija de Don José Carmelo Ávalos y de Doña Francisca Pérez.
Sus Hermanas: Inocencia, Aparicia, Trifina (Niní), Virginia (Chiní), Lorenza, Carmen y Dominguito.
Su primera infancia transcurrió en Paraguay junto a sus padres y sus seis hermanas. En el orden de mayor a menor ella era la sexta hija. Sus hermanas mayores y sus padres trabajaban en la chacra, en la cosecha de algodón, de mandioca… Las mayores, además de los trabajos rurales y domésticos se ocupaban del cuidado de sus hermanas menores.
En 1947, durante el mandato del dictador Higinio Moriñigo, la familia de Aquilina debió buscar asilo político, ya que Carmelo y Francisca militaban en el Partido Liberal Revolucionario.
Decidieron partir a Argentina, pero sin Carmelo, ya que era perseguido y no quería poner en riesgo a su familia.
Cuando Francisca llegó con seis hijas, una de ellas debió quedarse en Paraguay con una tía madrina que se ofreció para educarla y alimentarla, se encontró en un país con costumbres muy diferentes a los de su tierra natal.
Mientras esperaban en la estación de La Plata, la llegada del contacto que les proporcionaría un lugar donde dormir, una señora se les acercó ofreciéndoles alimento. Inocencia le preguntó a su madre: “¿Vinimos a este país a pedir limosna?"
Luego sorpresivamente fueron trasladadas por dos oficiales de la policía a la comisaría ubicada en 51 y 1.
Francisca cuenta, en una entrevista realizada por un periodista del semanario “La voz de Los Hornos”, lo siguiente:
“…en esa comisaría donde nos llevaron a mí y a mi familia colocaron a dos de mis hijas en una casa de familia y a otras dos las pusieron en un colegio de monjas. Eso fue otro sufrimiento más, porque las tenían como en al cárcel, como secuestradas, y no podíamos verlas porque las monjas no nos dejaban”.
Su padre, mientras tanto, buscó refugio en la selva hasta que pudo cruzar la frontera y reunirse con su familia.
Este desmembramiento familiar entristeció a todos.
Luego de un tiempo se instalaron en una casita de chapas en la calle 27, en La Plata.
En esa etapa fallece Dominguito, el único varón de 3 meses de vida.
Carmelo consiguió trabajo como albañil y Francisca como costurera. Las hijas mayores, operarias o empleadas domésticas.
Con mucho sacrificio compraron un terreno en la calle 136 entre 50 y 52, Los Hornos, La Plata. Allí construyeron una humilde casa de madera.
En una de las paredes de esta casa, Aquilina demostró que sabía escribir marcando el muro, con la expresión que ella usaba para nombrar a los caracoles: “caracolearto.”
Su hermana menor, Carmen, cuenta:




Aquilina, Lorenza y Carmen

“Virginia, Lorenza, Aquilina y yo cursamos nuestros estudios primarios en la Escuela Nº 16 en La Plata.
Recuerdo cuando Lorenza era abanderada, Aquilina escolta y yo en penitencia. Siempre mis maestras llamaban a Lorenza o Aquilina para informarles sobre mi conducta y poca aplicación. Estas informaciones nunca llegaban a mis padres para evitarles ese disgusto y evitarme una buena paliza.
Recuerdo nuestro trayecto, de la escuela a casa, junto a Aquilina bordeando el camino de carbonilla de los Talleres del Ferrocarril Provincial.
Nos encantaba juntar y comer ‘palitos dulces’ que caían de unos árboles. Teníamos terror, a veces, de encontrarnos con una chica que nos pegaba o le pedía a su hermano mayor que lo hiciera. Ya que una vez, juntando ‘palitos dulces’ esta niña ‘mala’ me golpeó con su cartera de cuero y lastimó mi cuello con el frasco de vidrio donde venía envasado la ‘goma de pegar’ lo que hoy sería "plasticola". No conforme con esto, cuando estábamos llegando a nuestra casa, su hermano mayor, con otro amigo nos estaban esperando, para rematarnos (ella tendría 8 años y yo seis). Aquilina se interpuso entre ellos y yo. Siempre me protegía.
Por las tardes tomábamos mate-cocido, escuchábamos a Tarzán, Sandokán... Mamá, a veces nos preparaba chipá cuerito o meyú.
Por las mañanas íbamos ‘al campito’, frente a nuestra casa donde había un tambo. Allí, Don Ortega ordeñaba la leche directamente a nuestro jarrito de lata, donde mi mamá nos ponía canela.
Nuestras tareas domésticas consistían en hacer los mandados, juntar agua en la canilla de la esquina para regar la quinta, limpiar y lustrar zapatos (hasta que no quede un sólo rastro de barro y brillaran como espejos). Buscar los huevos del gallinero…
Las siestas ¡toda una aventura!
Recorrer caminos en la infancia, parecían leguas.
Jaurías, cuentos de ahorcados y aparecidos, las zanjas que llenaban las lluvias y se convertían en ríos donde nos bañábamos
Los fines de semana, la casa se llenaba de refugiados políticos, algunos se hospedaban en nuestra casa hasta que pudieran conseguir trabajo y un lugar para albergarse.
Por las tardes, uno, de los tantos amigos de mi familia nos contaba cuentos de terror, cuentos que fuimos transmitiendo a nuestros amiguitos, sobrinos, hijos y nietos.
Lorenza, Aquilina y yo éramos las “tres chanchitas”. Vivíamos trepadas a las higueras o jugando en la profundidad de lo que iba a ser luego el pozo ciego.
Cine, teatro, kermes, catecismo, confirmación, comunión y pesebre en la Parroquia San Benjamín. Los Reyes Magos ¡cuantas travesuras!
En las obras de teatro siempre la elegían a Aquilina para representar a una Virgen Niña o a un angelito, era muy linda (¿cómo es, era o es?).
Una infancia de carnavales, comparsas, mascaritas. Y bailes en el club del barrio a tres cuadras de casa.
Los domingos íbamos a jugar al Parque San Martín, donde había hamacas, toboganes… y una calesita donde Aquilina nunca quería bajarse, sentada siempre sobre un pato.
Antes de dormir leíamos cuentos hasta altas horas de la noche. Uno de nuestros tantos libros preferidos era “Heidi”. También los clásicos cuentos fantásticos y toda la colección de libros amarillos “Robin Hood” (casi todos leídos o prestados en y por la biblioteca de la escuela primaria). Esperábamos también, con ansiedad, la llegada de mi primo Florencio que vivía en Lomas de Zamora para que nos traiga el Patoruzú de Oro. Nos prestaban o regalaban historietas: Pato Donald, Mickey, Patorucito.
En su adolescencia comenzó a militar en la J.O.C (Juventud Obrera Católica). Alrededor de los 14 ó 15 años comenzó a trabajar en el Seminario Menor de La Plata como ayudante de cocina. Estudiamos ella y yo, gracias a los consejos de nuestra hermana Nini, en la Escuela Profesional Nª 9. Aquilina se recibió de Auxiliar de secretaría, este título le sirvió para luego entrar como empleada y operadora de las primeras computadoras en Kaiser Aluminio. Sus jefes y compañeros la querían y apreciaban mucho. Tenía un buen sueldo y aportaba en la casa al igual que mis otras hermanas. A estas actividades sumaba el estudio de arpa.
En la juventud siguió militando en la JOC y trabajando en Kaiser Aluminio.
Alrededor de los 25 años renunció a Kaiser Aluminio y se fue a vivir conmigo en una pieza que alquilaba en Juncal y Uriburu, Capital Federal. Luego comenzó a trabajar en Fernández Long y Reggini (Ingenieros Consultores) y en Editorial “La Isla”, convirtiéndose, además de amiga y hermana, en mi compañera de trabajo. Se fue ganando el aprecio y cariño de todos. Además de talentosa era especialmente hermosa, buena y simpática.
Nos divertíamos en el Bowling “La Bola Loca”. Íbamos a bailar en el Club de San Lorenzo Almagro, en el Club de Estudiantes de La Plata. Paseábamos por Galería del Este, disfrutábamos de las películas de Pasolini y Buñuel. Escuchábamos polcas, guarañas, a Serrat, boleros, Harry Belafonte, Los Beatles, jazz… Tomábamos cerveza o un café en “BAR O BAR”. Almorzábamos en el “DORA”, allí conocimos a Minguito, un mozo muy especial., todo un personaje.
Recuerdo cuando una vez fue al Ital Park con mi papá y subieron a la montaña rusa, Aquilina decía: “Dios te salve…” y mi papá: en guaraní “añaraco pe guare,” que traducido sería: "la concha del diablo".
Almorzábamos, en el intervalo de nuestro trabajo, en Plaza San Martín (Capital Federal) unos sándwiches y alguna fruta.
Éramos muy felices, cuando tomábamos tereré debajo del paraíso junto a mis padres, hermanas y sobrinos. Disfrutábamos limpiando la casa los fines de semana, viendo los girasoles, las calas y nos deleitábamos comiendo sandía cuando volvíamos del cine parroquial a la luz de la luna.
Éramos felices contándonos cosas hasta altas horas de la noche. Nos peleábamos y luego nos abrazábamos matándonos de risa.
Paralelamente a su trabajo continuó sus estudios. Terminó el secundario en la escuela nocturna en Capital.
Movilizada por las injusticias sociales y especialmente preocupada por el sistema carcelario ingresó a la Facultad de Derecho, allí también se ganó el afecto y aprecio de sus profesores.
Comenzó una etapa enriquecida con nuevas inquietudes literarias. El acceso a pensamientos cristianos tercermundistas y toda una movida setentista (arte, política. literatura y ciencia) la fue empujando a comprometerse cada vez más por los más desprotegidos, por nuestra clase social.
Tuvo que dejar sus estudios universitarios, momentáneamente, porque se enamoró, se casó y tuvo una niña llamada Florencia.




Aquilina a punto de casarse

Renunció a su trabajo y se fue a vivir en una casillita muy precaria (con su esposo e hija), ubicada en el mismo terreno donde estaba la casa de mis padres. Allí Aquilina sufrió mucho, porque ya no tenía trabajo, la plata no le alcanzaba y tenía que lavar la ropa, en pleno invierno a la intemperie.
Desde su infancia fue alimentada con principios de solidaridad, compromiso y amor al prójimo.
Hasta el último momento fue leal a esos principios, pues le dijo a mi mamá: 'No te preocupes mamá, es mejor que me lleven a mí porque yo no sé nada, porque si cae Miguel van a caer muchos de sus compañeros'.
Y tomada del brazo de Lorenza y antes de llegar al auto que la transportaría hacia el terror y del espanto rezaron este Salmo:

El Señor es mi pastor
Nada me falta.
Sobre los frescos pastos
me lleva a descansar,
y a las aguas tranquilas me conduce.
Él restaura mi aliento,
Por las veredas justas él me guía,
en gracia de su nombre

(…)

Enfrente del opresor,
Me aderezas tú un banquete;
Con aceite me unges la cabeza
Y mi copa reboza
.


Hoy vuelvo a leer tu carta que me enviaste el 20 de mayo de 1971 que comenzaba así:



“Hoy es un día muy hermoso para hablar de cosas hermosas y que mejor entonces que hablar de nuestra niñez.
¿Te acordás de las higueras que eran nuestras casas? Y no eran casas simples, sino que eran casas de dos pisos ya que los dormitorios estaban instalados casi en las copas de los árboles…”


-Aquilina, ya no me invade y envuelve el olor a tierra mojada por las lluvias de verano, a pasto recién cortado, a ramas y pastos quemados, el aroma de los dulces de higo que salía de la cocina, el olor de las mandarinas recién arrancadas antes de madurar. Tu trono de madreselva ya no está. El sabor y el perfume del mango no es el mismo. Te llevaron y con vos partieron los bichitos de luz y toda la magia de nuestra niñez...


Aquilina en su trono de madreselva

... y seguimos viviendo y te sigo buscando…"

Carmen

SECUESTRO Y DESAPARICIÓN DE JORGELINA AQUILINA ÁVALOS



Aquilina, su mamá, sus hermanas Aparicia y Carmen, su cuñado Carlos y sus sobrinos abrazándola. Detrás la casa donde fue secuestrada

EL 9 de junio de 1977 a las 3 de la madrugada irrumpieron en su hogar, ubicada en la calle 136 Nº 954, Los Hornos, La Plata, hombres fuertemente armados, vestidos de civil, quienes se identificaron como miembros de la policía de la provincia y preguntaron por su esposo. Jorgelina se encontraba, en ese momento, con su hijita Florencia de apenas nueve meses.
Su esposo, Miguel Gómez, se encontraba trabajando en la Dirección de Vialidad, calle 3 y 523, La Plata.
Al no estar la persona que buscaban decidieron dejar a un grupo de 8 personas armadas y con elementos de comunicación a fin de esperar el regreso de Miguel Gómez, esta situación se prolongó hasta las 23 hs. Estos policías manifestaron que de acuerdo a instrucciones recibidas llevarían detenida a Jorgelina, a una joven con su bebé y un muchacho, que habían ido a visitar a Miguel a las tres de la tarde. 30 años después nos enteramos que la joven madre era Beatriz Ronco, el muchacho Ricardo Aiub y el bebé Juan Aiub.
A los dos días regresaron los represores y saquearon la casa de Jorgelina y de mis padres.
Cuando una de mis hermanas fue a una dependencia del Ejército para averiguar sobre el paradero de Jorgelina, se encontró con un militar que estaba en el operativo y le preguntó por Jorgelina y éste le contestó: “no sabemos nada porque ya la entregamos”.
Miguel, que permaneció en la clandestinidad, finalmente apareció con la llegada de la democracia.
A fin de averiguar el paradero de Aquilina se recurrió al Ministerio del Interior (expte. 202.012/77); se presentó recurso de “Habeas Corpus” en los tres Juzgados Federales de La Plata y también en la Capital Federal; Causa Nº 123.433 (Juzgado de Crímen Nº 6, La Plata); Causa Nº 85.062 (Juzgado Federal Nº 1, La Plata; trámites ante la Junta de Comandantes y los tres Cuerpos del Ejército, Asamblea Permanente de los Derechos Humanos; Asamblea Permanente del Episcopado Argentino; se ha remitido cartas: al Señor Presidente de la República, Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Jefe de Policía, Obispos, etc. En cuanto a los trámites internacionales se ha recurrido a la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos: Organización de Estados Americanos; United Nations Office: New York University School of Law: Embajada de los Estados Unidos de Norteamérica en Buenos Aires. Testimonios en Juicio por la Verdad en La Plata.

Escrito por Leoncia Carmen Ávalos, hermana de Jorgelina Aquilina Ávalos.

2 comentarios:

veronica dijo...

Error de tipeo

Cuando Francisca llegó con sus cinco hijas debe decir 6 hijas.

Leoncia Carmen

Maria del Carmen dijo...

Hola necesitamos cominicarnos con familiares de Jorgelina, somos un grupo de paraguayos que en su momento tambien fuimos exiliados, por favor comunicarse con Maria madeca19@yahoo.com.ar
1557200123 gracias es urgente